Elon Musk se equivocó o es una jugada astuta

La hipótesis de la simulación, la cuestión de la responsabilidad y cómo la Fórmula 1 dejó de ver la muerte de un piloto como algo normal.

19/8/2026
Elon Musk se equivocó o es una jugada astuta
De una simulación no se sigue ningún guion

Elon Musk se equivocó o es una jugada astuta

Desde 2016 Musk repite la misma idea: lo más probable es que vivamos en una simulación. Su argumento principal es la velocidad del progreso. Hace cuarenta años existía Pong, un juego primitivo de dos palas y un punto, y hoy ya se crean mundos fotorrealistas. Supone que, si esta dinámica se mantiene, en el futuro la tecnología permitirá crear miles de millones de simulaciones con seres inteligentes generados dentro. Y si habrá miles de millones de mundos virtuales y de habitantes, mientras que la realidad es una sola, la probabilidad matemática de estar precisamente en la realidad y no en una simulación es de una entre mil millones.

En el pódcast de Joe Rogan, Musk añadió: para qué hacer una simulación aburrida, harías una más interesante que la realidad base. En 2025 escribió en X que las simulaciones aburridas se apagan para ahorrar cómputo, igual que hacemos nosotros con las nuestras. A esa misma serie pertenece su vieja fórmula: el desenlace más entretenido es el más probable.

De ahí surge una imagen que muchos adoptan con gusto. Las guerras, los engaños y las catástrofes no son casualidad ni culpa de nadie, sino parte del diseño. El creador necesita drama igual que el espectador necesita una trama.

Discutir la hipótesis de la simulación en sí sería un error. Puede resultar cierta, nadie lo sabe, y Musk tampoco. Lo que genera dudas es lo que se deduce de ella.

Quién es el creador en esta hipótesis

La palabra «matrix» confunde, porque arrastra consigo la imagen de una divinidad. En la versión original no hay ninguna divinidad.

El argumento lo formuló el filósofo Nick Bostrom en su artículo de 2003 «Are You Living in a Computer Simulation?». Allí se habla de simulaciones de antepasados: una civilización que alcanza un nivel tecnológico muy alto calcula su propio pasado o sus variantes. El creador en este esquema no es omnipotente ni omnisciente. Son seres inteligentes corrientes, quizá nuestros propios descendientes, que disponen de muchísima capacidad de cómputo. Están limitados por un presupuesto de cálculo, pueden apagar el proceso y pueden estar ellos mismos dentro de la simulación de otro.

Importa también a qué llega Bostrom en realidad. Su conclusión no es «estamos en una simulación», sino una bifurcación: al menos una de tres cosas es cierta.

  1. O las civilizaciones casi siempre desaparecen antes de alcanzar el nivel necesario.
  2. O lo alcanzan, pero casi nadie ejecuta ese tipo de simulaciones.
  3. O realmente estamos dentro de una de ellas.

No se puede elegir la tercera opción y declararla la única, eso no se sigue del argumento. Y sin embargo es exactamente lo que hace Musk.

Hay un segundo problema, puramente técnico. El camino de Pong al fotorrealismo es progreso en el dibujado de una imagen. La simulación de la que se habla exige reproducir la consciencia, no una imagen. Son tareas distintas, y los éxitos en la primera no dicen nada sobre la segunda. Musk aporta pruebas de una tesis distinta de la que defiende.

De la simulación no se sigue un guion

Aunque estemos dentro de una simulación, de ello no se deduce que lo que ocurre esté decidido de antemano.

Una simulación se ejecuta justamente cuando el resultado se desconoce. En eso consiste todo: si el resultado se supiera de antemano, no habría razón para ejecutarla, bastaría con mirar la respuesta. Por tanto, no hay una trama ya escrita. Hay una ejecución en la que los participantes deciden de verdad por sí mismos, y sus decisiones cambian de verdad el resultado.

¿Y qué pasa con el drama que supuestamente necesita el creador? Sobre su motivo no se sabe absolutamente nada. De la hipótesis de la simulación no se deduce en ninguna dirección: ni «necesita una guerra» ni «busca un buen desenlace». Cualquier afirmación sobre sus deseos la saca cada persona de sí misma.

En realidad la cuestión no es cómo está hecho el mundo, sino más bien quién habla. Musk dijo que lo interesante vence a lo aburrido y que el sufrimiento es parte del espectáculo. Esa es su imagen del mundo, no una propiedad de la realidad. Quien mira la historia de la humanidad y lo primero que ve es un guion con dramaturgia está informando sobre sí mismo, no sobre el creador.

De ahí la pregunta del título. No me atrevo a afirmar que Musk lo diga con cálculo. Pero ese marco tiene un efecto secundario, con independencia de la intención: elimina la responsabilidad. Si la crueldad está incorporada al diseño, nadie en concreto responde por ella. Ni quien la produce, ni quien no la impide.

Lo que mostró la Fórmula 1

La tesis de que «así es la vida y no hay nada que hacer» es más fácil de poner en duda con un ejemplo concreto. Basta mirar un ámbito donde durante mucho tiempo se pensó exactamente eso y luego se cambió todo.

En los años sesenta, la muerte de los pilotos se consideraba parte inseparable del automovilismo. No una estadística lamentable, sino la norma. En 1968 murieron Jim Clark, Mike Spence, Ludovico Scarfiotti y Jo Schlesser, y eso fue en una sola temporada.

Lo importante es que la situación se mantenía no porque no hubiera otra manera, sino porque nadie había sido designado responsable. Si a un piloto le ofreces un coche más rápido y peligroso o uno más lento y seguro, elegirá el primero: lucha por la victoria, no por su propia conservación. A los organizadores de circuitos la seguridad les costaba dinero y no les aportaba nada. En 1968, en Brands Hatch se negaron a retirar los árboles junto a la pista e incluso a poner barreras alrededor, alegando que los árboles eran pequeños. Tres meses antes Jim Clark había muerto al chocar contra un árbol igual de pequeño.

El cambio lo empezó una sola persona. En 1966 Jackie Stewart se salió de la pista en Spa y pasó unos veinticinco minutos dentro del coche volcado, empapado en gasolina, sin médicos y sin ninguna herramienta con la que sacarlo. Lo liberaron otros pilotos con un destornillador conseguido entre los espectadores. Después de aquello empezó a exigir barreras, servicio médico en el circuito y equipamiento ignífugo. Lo llamaron cobarde y niño de mamá, y lo acusaron de arruinar las carreras. Era campeón del mundo, y aun así aquello llevó años.

Después no funcionó la persuasión, sino la norma. La responsabilidad por la seguridad pasó de quien se arriesga al organizador y al reglamento. Tras 1994, cuando en un mismo fin de semana en Imola murieron Roland Ratzenberger y Ayrton Senna, la FIA lo llevó hasta normas obligatorias estrictas, y cada accidente grave empezó a analizarse y a convertirse en un cambio de reglas.

El resultado es conocido. No sería correcto decir que ya no hay muertes: Jules Bianchi se accidentó en Suzuka en octubre de 2014 y murió en julio de 2015. Pero lo que era la norma de una temporada se convirtió en un suceso que se analiza durante años.

La conclusión de esta historia no es que la gente se volviera más buena. La prioridad se desplazó cuando lo inseguro dejó de ser rentable.

Por qué gana la seguridad en uno mismo

Entonces, ¿por qué se difunden ideas así?

La gente tiende a creer a quien habla sin la menor sombra de duda o tiene cierta autoridad en algún campo. Por supuesto, esto no es estupidez ni un vicio, es un simple ahorro de esfuerzo: la seguridad ajena se usa como señal de competencia, porque comprobar lleva tiempo y hay que decidir ahora. El fallo se produce cuando ese mecanismo se activa ante una seguridad vacía, sin nada que la respalde.

A partir de ahí es como en el automovilismo antes de Stewart. Una afirmación rotunda da beneficio de inmediato, y el precio del error casi nunca llega. Tener razón con cautela no aporta nada. Mientras se mantenga este reparto, ganará la seguridad aparente, y ninguna llamada a pensar críticamente lo cambiará, porque las llamadas se dirigen a quien se arriesga y no a quien establece las reglas.

Decir «hay que desplazar el foco de las prioridades» sería exactamente la misma seguridad sin contenido contra la que está escrito todo el texto. Así que lo diré con más honestidad: no tengo un mecanismo listo, pero está claro dónde buscarlo. En la Fórmula 1 funcionaron la memoria de cada accidente y el análisis obligatorio. El análogo para la retórica pública es la memoria de las predicciones: quién afirmó qué, cómo acabó y si eso se ve junto a la nueva afirmación. Esos registros de predicciones existen, simplemente todavía no influyen en nada.

Hasta qué punto esto es aplicable a alguien con cientos de millones de seguidores, no lo sé. Pero en los años sesenta también parecía que los pilotos morirían siempre.


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