«Un ingeniero es peor que un borracho»: cómo cambia el valor del trabajo de ingeniería
De un dicho amargo de la URSS tardía a las corporaciones que cazan ingenieros, y a la nueva pregunta que plantea la IA.
Un ingeniero es peor que un borracho.
Diga esto hoy y lo mirarán como al loco del pueblo. En el siglo XXI un ingeniero es alguien cuyas habilidades persiguen las mayores corporaciones del mundo y cuyas ofertas envidian muchos. La comparación con un borracho parece no solo ofensiva, sino completamente absurda.
Sin embargo, hace poco más de treinta años esa frase no despertaba ninguna duda. No era un insulto, sino una observación cotidiana muy precisa. En la URSS tardía sobraban especialistas con formación técnica superior y su trabajo se valoraba muy poco. Un trabajador técnico e ingeniero corriente ganaba menos que un obrero de taller. De ahí nació el dicho amargo.
El borracho devuelve los envases vacíos y tiene dinero en el bolsillo, y el ingeniero termina su turno y sigue sin un céntimo.
En esa aritmética cotidiana el ingeniero perdía sin remedio.
En los noventa el sistema se derrumbó definitivamente. El mercado necesitaba comerciantes ambulantes, vendedores y financieros, todos los que supieran comprar barato y vender caro con rapidez. La demanda de ingenieros, oficinas de diseño y desarrollos fundamentales se redujo a cero. El especialista que seguía yendo a la fábrica o a una instalación clasificada por un sueldo retrasado durante meses le parecía a la época un excéntrico que simplemente no se había dado cuenta de que las reglas del juego habían cambiado.
Hoy el ingeniero común no se ha vuelto más inteligente por sí mismo, simplemente se desplazó el vector de la economía. Y una frase que era una verdad dura en los noventa se convirtió en un absurdo hacia los años veinte.
Pero a la historia le gustan los ciclos, y justo ahora estamos viendo otro giro. Después de una edad de oro para ingenieros y desarrolladores, quizá llegue una nueva época. El mercado está otra vez saturado y la IA empieza a pisarles los talones a los especialistas corrientes. Los algoritmos asumen el código básico, los cálculos rutinarios y el diseño estándar, justo aquellas tareas que ayer mismo se valoraban muy en serio.
Otra vez hay demasiados ingenieros para un mundo donde las redes neuronales resuelven la tarea más rápido y más barato.
Y hoy parece que damos un paso hacia una nueva vuelta de la historia, en la que el valor del trabajo técnico estándar vuelve a estar muy en duda.