Sobre la dependencia de la IA: por qué el hermano mayor resultó ser el menor
Cómo los diálogos sinceros con la IA se convirtieron en un regalo para las corporaciones y por qué el pensamiento debe quedarse en la persona mientras la rutina va al modelo.
En algún momento uno se descubre abriendo un chat con la IA en cuanto aparece cualquier duda. No parece haber problema alguno en ello, solo un beneficio enorme. Pero con el tiempo la calidad de esas conversaciones empieza a notarse más baja. O quizá simplemente se vuelve visible lo que ya ocurría antes.
La claridad llegó durante el trabajo en el libro y en otras tareas importantes. El proceso se abordó de forma sistemática y poco a poco se acumularon observaciones interesantes: en ciertos momentos el modelo estorba más de lo que ayuda. Sobre todo cuando se trata de análisis de datos o de trabajo intelectual profundo.
El resultado fue un cambio de paradigma, y la ilusión principal se deshizo.
La ilusión del hermano mayor
Al principio parece que la IA es un hermano mayor que lo sabe todo. Lo puede todo, lo ha leído todo y, si se equivoca, es por accidente. En la práctica resultó ser al revés.
La IA es más bien un hermano menor. Se ha leído las enciclopedias, se cree que lo sabe todo y, cuando se equivoca, se pone a discutir, aunque al final reconozca el fallo.
Y cuando llega la conclusión, después de haber analizado la cuestión, se atribuye todas las ideas. Al principio parece inofensivo, pero desglosado en términos psicológicos es una manipulación. Va creando poco a poco una dependencia de la opinión de la IA y erosiona un pensamiento crítico construido durante años.
Se nota en los detalles: le cargas tus ideas, tu estructura y tu lógica, y él las reformula y suelta frases como «aquí yo lo diría de otra manera, yo haría esto». Aunque el contexto y el fondo se los diste tú desde el principio.
Como libro de consulta o biblioteca anónima es una herramienta excelente. Pero incluso ahí hay que verificar los datos.
La era de los diálogos sinceros: por qué las corporaciones se lo llevan todo
Si miramos la historia de las búsquedas, antes la gente escribía en Google frases secas: «comprar zapatillas» o «cómo tramitar una visa». Con esas consultas las empresas aprendían a vendernos productos.
Con la llegada de los chatbots el nivel pasó a ser radicalmente distinto. En un diálogo con la IA la persona no escribe palabras clave, revela demasiado:
«Quiero empezar a correr, pero me duelen las rodillas, temo abandonar en una semana y no sé cómo combinarlo con el trabajo...»
La persona comparte lo más íntimo: dudas, dolores, planes, la lógica de su pensamiento e ideas de negocio que no ha contado a nadie. Y todo eso se entrega gratis.
Esto ya no es solo recopilar grandes volúmenes de datos para publicidad. Es analítica predictiva de nivel profundo. Las corporaciones reciben gratis una radiografía en tiempo real de las necesidades humanas que permite predecir tendencias y, lo que es más peligroso, orientar con suavidad el rumbo de las ideas y las opiniones.
Y la costumbre de aceptar los términos de servicio sin mirarlos convierte todo esto en un intercambio voluntario a cambio de comodidad. Añade el pragmatismo comercial, por ejemplo la condición de que el depósito en la API de ChatGPT caduca al cabo de un año si no se ha gastado, empujando al consumo constante, y el cuadro queda clarísimo.
Volver al método Feynman: darle a la IA la rutina y quedarse con el pensamiento
La decisión resultó ser radical: rehacer por completo la forma de trabajar. Y aquí encajó muy bien el método Feynman, una técnica conocida de aprendizaje mediante la simplificación.
Su esencia es simple: si un concepto no se puede explicar con palabras sencillas, como a un niño, es que no está comprendido del todo.
Como resultado, el proceso de interacción con el modelo quedó del revés:
- La IA reúne y simplifica la información. Su papel aquí es el de una enciclopedia muy rápida: descomponer un tema complejo en partes simples, extraer lo esencial de un montón de datos, explicar los términos en lenguaje claro.
- El análisis y las conclusiones quedan del lado de la persona. Una vez clara la base gracias a esa simplificación, se cierra el chat y llega la búsqueda de huecos, las conclusiones propias y la decisión final.
Entregar al modelo absolutamente todos los pensamientos para que los analice lleva a la degradación, no al desarrollo: el cerebro se desacostumbra al esfuerzo.
Final: una nueva higiene digital
No se trata de rechazar la tecnología: lo nuevo fue y sigue siendo un bien indiscutible. La IA es una herramienta potentísima y útil, pero solo mientras siga siendo una enciclopedia y un aprendiz, y no la analista jefa de tu vida ni mucho menos una amiga.
Los agentes de IA que ejecutan tareas autónomas en lugar de solo conversar son un tema aparte, y merecen su propia conversación en un artículo futuro.
En cuanto a las conversaciones cotidianas, el papel de la IA como interlocutora ha desaparecido por completo. Ahora la prioridad es un uso puntual: ahorrar tiempo en la búsqueda y en la simplificación de la información, y después cerrar el portátil.
La IA es una biblioteca excelente. Lo importante es no obligar a la bibliotecaria a escribir tus libros ;)